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Blog de Rodrigo Salazar-Elena

Elecciones por segunda vuelta y legitimidad presidencial

En América Latina, el sistema de mayoría absoluta con segunda ronda electoral es el más usado para elegir a los presidentes. En 9 de 18 países, se establece que un candidato debe obtener más de la mitad de los votos para ser declarado triunfador en la primera elección. Si ningún candidato alcanza este umbral, se [...]

En América Latina, el sistema de mayoría absoluta con segunda ronda electoral es el más usado para elegir a los presidentes. En 9 de 18 países, se establece que un candidato debe obtener más de la mitad de los votos para ser declarado triunfador en la primera elección. Si ningún candidato alcanza este umbral, se celebra una segunda elección entre los dos candidatos más votados. Únicamente en cinco países se asigna la presidencia a quien obtiene la mayoría simple de votos. En los cuatro restantes se celebra una variante del sistema de doble ronda en el que el requisito para obtener el triunfo en la primera vuelta es más suave (v.gr., el 40 por ciento de los votos).

Esto no siempre fue así. De hecho, a principios de los noventa el sistema más frecuente era el de mayoría simple, pero distintos países fueron abandonándolo en favor del sistema de mayoría absoluta. El argumento más socorrido en favor de esta reforma es que el presidente electo por al menos la mitad más un voto cuenta con mayor legitimidad. Siempre me ha irritado este argumento. En primer lugar, me fastidia que se tome por autoevidente, y que se tomen decisiones sobre su base, sin que nos molestemos en averiguar si empíricamente funcionan así las cosas. En segundo lugar, me repatea que se vea la relación entre segunda vuelta y legitimidad como si se diera por arte de magia. ¿Por qué contar necesariamente con el voto de más de la mitad de los electores implica mayor legitimidad? Al postular esta relación hay una serie de supuestos implícitos que deberían ser expuestos para poder ser discutidos.

Me dispuse entonces a mostrar como falsa la hipótesis de la segunda vuelta y la legitimidad. El procedimiento para ello consiste en reconstruir el razonamiento por el que cabría esperar semejante asociación. Una vez conseguido esto, debemos establecer qué cosas deberíamos observar empíricamente si el razonamiento es correcto. Entonces, resulta que las elecciones por segunda vuelta crean una legitimidad que que las elecciones por mayoría simple no crean. La primera pregunta es, ¿entre quiénes? ¿entre todos los electores? No parece. Quienes votan por el ganador en la primera y en la segunda ronda claramente lo tienen como su preferido entre las alternativas. No es de esperarse que este grupo lo apoyaría menos bajo un sistema de mayoría simple. Quienes no votaron por el ganador en ninguna de las dos vueltas presentan una situación análoga, pues estos no hicieron sino reiterar su rechazo por el ganador y cabe esperar de ellos un nivel de apoyo bajo. No hay razón para esperar que apoyen una alternativa que consideran mala sólo porque es la más votada por otros.

Esto nos deja con un tercer grupo: quienes votaron por el ganador en la segunda ronda, pero no en la primera. ¿Qué podemos decir de las preferencias de este grupo? En primer lugar, que no tienen tan buena opinión del ganador como la que tiene el primer grupo, pues su comportamiento en la primera vuelta revela que habrían preferido a otra persona ocupando la presidencia. A la vez, su opinión sobre el ganador no es tan mala como la que tiene el segundo grupo, puesto que revelan preferir al ganador que a la alternativa presentada en la segunda vuelta. Este grupo es crucial para la hipótesis sobre segunda vuelta y legitimidad.

Supongamos que el apoyo al presidente es, en parte, una función del lugar que ocupa el gobernante en las preferencias de los electores. Si esto es así, el nivel de apoyo mostrado por el grupo crucial tendría que estar en algún lugar intermedio entre el mostrado por el primer y el segundo grupo. Pero supóngase que el hecho de votar por el ganador en la segunda vuelta hace una diferencia. Por ejemplo, creando un sentimiento de identificación del elector hacia el candidato por el que vota. Si esto es así, deberíamos observar que el apoyo de nuestro grupo crítico se aproxima al mostrado por quienes votaron dos veces por el ganador, y se aleja de quienes no votaron en ninguna ronda por él. Nótese que, si esta teoría es correcta, el nivel de apoyo así conseguido no existiría en las elecciones por mayoría simple, dado que quienes no votan por un candidato en la segunda ya no tienen oportunidad para crear esta identificación.

Entonces, sabemos qué debemos observar si la teoría que vincula elecciones por segunda vuelta con legitimidad es falsa y qué debemos observar si la teoría es correcta. Analicé los datos de la encuesta LAPOP levantada en Perú en el año 2008. La gráfica que se muestra a continuación presenta la probabilidad (o más bien, la distribución de las probabilidades posibles) de que el gobierno del presidente Alan García sea evaluado como “muy malo”, “malo”, “ni bueno ni malo” y “Bueno o muy bueno”. La estimación proviene de un modelo logístico ordinal en el que se controla por otros determinantes de la evaluación del desempeño. Las probabilidades son calculadas para tres grupos: quienes votaron por García en las dos vueltas en las elecciones de 2006, quienes votaron por un candidato distinto en las dos vueltas, y el grupo crítico, formado por quienes votaron por García únicamente en la segunda vuelta.

Los resultados, contra mi expectativa, son consistentes con la teoría que vincula elecciones por segunda ronda con legitimidad. En todas las evaluaciones, el comportamiento del grupo crítico es igual al de quienes votaron en ambas rondas por García y distinto al de quienes no votaron por él en ninguna. Entonces, al menos para el caso de Perú en 2008, el sistema de mayoría absoluta por doble ronda incrementa el apoyo a la presidencia.

El documento con el estudio completo será publicado en la revista Colombia Internacional, en el número correspondiente al primer semestre de 2013.




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