Estoy trabajando en un proyecto sobre el grado en que los electores de distintos países de América Latina condicionan su voto a sus juicios sobre la gestión del gobierno. Es decir, un elector, en principio, puede votar o no por el partido en el gobierno por diversos motivos. Uno de ellos, por ejemplo, es la [...]
Estoy trabajando en un proyecto sobre el grado en que los electores de distintos países de América Latina condicionan su voto a sus juicios sobre la gestión del gobierno. Es decir, un elector, en principio, puede votar o no por el partido en el gobierno por diversos motivos. Uno de ellos, por ejemplo, es la identificación partidista: bajo esta lógica, el elector vota por el mismo partido siempre, sin importar quién es su candidato, si gobierna bien o mal o si un partido distinto gobierna bien o mal. Cuando impera esta lógica, los gobernantes tienen pocos incentivos para mejorar su desempeño: hagan lo que hagan, están más o menos condenados a la derrota o tienen la victoria asegurada. En cualquiera de los dos casos, si asumimos que gobernar bien es más difícil que gobernar mal, lo más razonable desde su perspectiva es ahorrarse esta dificultad. En cambio, cuando el voto está condicionado a una buena evaluación de la gestión, los gobernantes reciben una recompensa a cambio de sus esfuerzos.
Bueno, pues con datos de Latinobarómetro estimé, para cada país de América Latina, cuánto incrementa la probabilidad de voto por el partido en el gobierno cuando el ciudadano o ciudadana aprueban la gestión del presidente en turno. Los resultados se muestran en la siguiente gráfica, en la que puede apreciarse que existe una gran variación. En algunas naciones, como Uruguay, Costa Rica, Bolivia y Panamá, la sensibilidad del voto a la evaluación del desempeño es muy alta. En cambio, en países como Perú, Paraguay, Guatemala y Colombia una buena evaluación de la gestión apenas se traduce en ganancia electoral para el partido en el gobierno.
Cabría esperar que, cuando la sensibilidad del voto al desempeño es alta, los gobernantes responden tomando decisiones que produzcan mayor aceptación social, lo que se traduciría a su vez en una mayor aprobación de la forma en que funciona el sistema de gobierno. No podemos evaluar directamente el tipo de decisiones que se toman ni qué tan aprobadas son éstas. Pero si la secuencia postulada es correcta, deberíamos observar que cuando la gente es más propensa a condicionar su voto a una buena evaluación del desempeño, la satisfacción del voto es mayor. Como puede verse en la siguiente gráfica, esta expectativa se cumple.
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