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¿Fin del giro a la izquierda en América Latina?

Wednesday, May 25th, 2016

A fines de la década del noventa del siglo pasado inició una etapa política en América Latina conocida como “el giro a la izquierda”, que se caracterizó por el triunfo electoral de candidatos presidenciales que criticaron intensamente las políticas económicas de apertura de mercados, privatización y minimización del rol del Estado en la economía que habían sido aplicadas en los países de la región. En varios casos, esos candidatos construyeron, además, un discurso que identificaba a los partidos y al funcionamiento del sistema político como los responsables de que la población permanezca sumergida en la pobreza.

El giro a la izquierda inició en Venezuela en 1998 con el triunfo de Hugo Chávez y se propagó por la mayoría de los países latinoamericanos durante la década siguiente (con excepciones como México, Colombia y Honduras). Los rasgos comunes de esos gobiernos fueron un mayor involucramiento del Estado en la economía y mayores niveles de gasto social respecto al periodo anterior, en la búsqueda de la inclusión socioeconómica de sectores desfavorecidos. En varios casos también se impulsaron reformas que tenían el principal objetivo de ampliar la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones, y que aprobaron medidas como la iniciativa legislativa ciudadana, el referéndum y el referéndum revocatorio para autoridades.

Pero los gobiernos de izquierda latinoamericanos también mostraron diferencias importantes. En unos casos buscaron el control político y la concentración de la autoridad con el objetivo de profundizar los cambios, lo que generó polarización y fuertes tensiones con los grupos opositores, en especial cuando los presidentes promovieron su reelección en reiteradas ocasiones (Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador). En otros casos fueron más respetuosos de la pluralidad política y privilegiaron el camino de la negociación (Brasil, Uruguay, Chile). También se mostraron distintos en la gestión de la economía. Unos países fueron muy responsables con las finanzas públicas y los equilibrios macroeconómicos (Perú y Bolivia), y otros llevaron la política a sus decisiones económicas con desastrosas consecuencias (Venezuela y Argentina).

Los gobiernos del giro a la izquierda se beneficiaron de un contexto internacional favorable en el que los precios de las materias primas (minerales, hidrocarburos y alimentos) aumentaron notablemente (gracias en buena medida al estímulo de la demanda china), lo que permitió que las economías crezcan, incrementó los ingresos fiscales y les permitió gastar más que sus antecesores. Esos ingresos extraordinarios desincentivaron que se impulsen cambios en la estructura productiva, una agenda pendiente en la región. Ello provocó la reprimarización y la desindustrialización de las economías latinoamericanas, muy mala noticia porque aumentan la vulnerabilidad económica externa.

Otro tema pendiente en la agenda económica que no fue resuelto por los gobiernos de izquierda fue la transformación de la estructura impositiva. Los principales ingresos de los Estados en América Latina provienen de impuestos al consumo, como el IVA, que son regresivos porque aplican una misma tasa a todos los sectores de la población, con lo que los pobres terminan pagando proporcionalmente a su nivel de ingresos más impuestos que los ricos. Los impuestos a la renta, a la propiedad o a las utilidades de empresas (que son progresivos) tienen múltiples formas de ser exentados y no contribuyen en igual medida a las arcas estatales. Esa situación es en buena medida la responsable de los altos niveles de desigualdad en la región (que es la más desigual del mundo), y sin su corrección no es posible pensar en avanzar hacia la equidad social. Si con tantos gobiernos de izquierda no se pudo alterar eso, ¿cuándo se lo podrá  realizar?

Los gobiernos de izquierda latinoamericanos no resultaron inmunes a la corrupción. Si bien sus programas políticos pusieron como prioritaria la lucha contra la corrupción de gobiernos anteriores, la realidad ha mostrado que ese fenómeno es muy complejo y no se soluciona sólo con buenas intenciones. Los escándalos que estallaron en Chile (con el involucramiento directo del hijo de Bachelet), Bolivia (con el desvío de fondos para sectores indígenas y la adjudicación irregular de contratos a empresas) y Brasil (donde miembros connotados del Partido de los Trabajadores han sido condenados a la cárcel por ese tipo de delitos), por mencionar algunos, han supuesto un desencanto y el fortalecimiento de las oposiciones.

El desgaste por la corrupción puede ser manejable por los gobiernos cuando la economía atraviesa periodos de bonanza. Pero en contextos de recesión o crisis suele potenciar la insatisfacción con la gestión pública. Desde hace un par de años el contexto internacional ya no es favorable, China se ha desacelerado y los precios de materias primas han caído. En consecuencia, el crecimiento de varios países se ha reducido notablemente. Todo ello pone a los gobiernos de izquierda de la región en una situación delicada y, a veces, insuperable políticamente. A la fecha el giro se revirtió en Argentina y Paraguay, en Brasil la presidenta enfrenta un juicio político, en Bolivia Evo Morales perdió un referéndum con el que buscaba habilitarse para una nueva reelección y en Venezuela la oposición ganó más de dos tercios de las bancadas del Congreso y amenaza con un referéndum revocatorio a Maduro. Todo indica que el giro a la izquierda llegó a su fin, aunque algunos de sus líderes no tienen planeado irse y la probabilidad de polarización e incluso violencia aumenta. Las cosas no serán fáciles para la región en los años que vienen.